Durante más de mil años, floreció un imperio en el Mediterráneo oriental, dejando tras de sí un legado de arte, derecho e influencia religiosa. Sin embargo, a pesar de su impacto duradero, su propio pueblo nunca llamó al imperio “bizantino”. El término es una invención moderna, una construcción occidental impuesta siglos después de su caída. Este episodio explora por qué el registro histórico revela que este imperio fue, en su época, simplemente la continuación del Imperio Romano.
La identidad romana
El corazón del imperio era Constantinopla (la moderna Estambul), y su gente se identificaba constantemente como romanos. Desde el reinado del emperador Justiniano en 555 (cuando el imperio controlaba vastos territorios alrededor del Mediterráneo) hasta su colapso final en 1453, tanto gobernantes como ciudadanos utilizaron el término Rhomaioi para describirse a sí mismos. Sus emperadores ostentaban el título de Basileus ton Rhomaion, que significa “Emperador de los romanos”, y su estado era el Basileia ton Rhomaion, o “Imperio de los romanos”.
No se trataba simplemente de una cuestión de semántica. La continuidad entre el antiguo Imperio Romano y su sucesor oriental fue deliberada e ininterrumpida. Los emperadores remontaron su legitimidad a Augusto, Julio César y la República Romana. Incluso cuando el Imperio Romano Occidental cayó en 476, la mitad oriental continuó con una alteración mínima, con gobernantes bárbaros como Flavio Odoacro reconociendo la autoridad del emperador en Constantinopla.
La tetrarquía y la escisión
Las raíces de esta distinción se remontan a finales del siglo III, cuando el emperador Diocleciano dividió el Imperio Romano en Oriente y Occidente para mejorar la administración. Esta división se volvió permanente después de que Constantino I (Constantino el Grande) estableciera Constantinopla como una “Nueva Roma”, solidificando aún más la identidad oriental del imperio. Se produjeron divisiones e intentos de reunificación posteriores, pero la estructura romana central perduró.
La invención de lo “bizantino”
El término “bizantino” surgió siglos después, en el siglo XVI, gracias a los eruditos de Europa occidental. El historiador alemán Hieronymus Wolf formalizó la etiqueta en su Corpus Historiae Byzantinae de 1557. Esto se debió en parte a diferenciar el Imperio Romano de Oriente del antiguo Imperio Romano y en parte a las percepciones occidentales negativas que enmarcaban a Oriente como decadente o excesivamente burocrático. Con el tiempo, lo “bizantino” se arraigó en la escritura académica.
Uso moderno y legado
Hoy en día, los eruditos utilizan “Imperio Bizantino” como una abreviatura conveniente, reconociendo que es una designación externa. El propio pueblo del imperio nunca lo utilizó. Incluso la nación moderna de Rumania deriva su nombre de România, el término que los habitantes del imperio usaban para describir su tierra.
La historia del “Imperio Bizantino” es un recordatorio de que la historia a menudo se filtra a través de la lente de quienes la escriben. El imperio que nunca se llamó a sí mismo bizantino fue, en realidad, simplemente Roma… continuando.
























